jueves, 19 de diciembre de 2013

Un cuento para cada semana de Adviento… Cuarta semana: Reino Humano

EL PERRO DEL PASTOR

 María y José caminaban hacia Belén y buscaban un albergue

para pasar la noche. Aquel día todavía no habían encontrado nada

y pensaban dormir otra vez al aire libre. José percibió entonces, a

la sombra del crepúsculo, una casita no iluminada. María y José

se acercaron llenos de esperanza y se encontraron con que era un

aprisco, una casita de pastor.

 Poco importaba si encontraban allí techo y calor.

 Pero no habían contado con Finod. Era el perro del pastor. Durante

el día cuidaba de las ovejas en el prado. Por la noche cazaba a los

merodeadores y a los ladrones que se acercaban al establo. Cuando

olfateó a María y José, Finod se levantó de un salto y sacudió

violentamente la cadena con la que estaba atado. Corrió en

dirección a los intrusos y ladró en forma amenazante. Sus “guau

guau” significaban: “tengan cuidado, aquí estoy yo, el dueño. ¡No os

acerquéis!”. Ante estos ladridos furiosos, José levantó los hombros y

se dio media vuelta diciendo a María:

 “¡No hay esperanza!” Este guardián es sin duda más intratable

todavía que un hombre de corazón duro”.

 María quedó inmovilizada también. Finod estaba orgulloso de sí

mismo, pues tenía a los extraños a distancia. María insistió entonces y

 “José, tratemos igualmente, estamos agotados. Sin techo no

conciliaremos el sueño”.

 Dicho y hecho. Se dirigió al establo con pasos tranquilos. Finod entró

en una rabia loca. Ladraba y tiraba la cadena en dirección a María,

cuando de repente pasó algo inesperado antes que José hubiese

podido intervenir, María había llegado cerca del perro. Y qué hacía

Finod? Observaba a María que avanzaba a su encuentro y movía su

cola alegremente. Cuando María estuvo muy cerca, Finod dio unos

brincos hacia ella como un cabrito y después se acostó sobre su lomo.

María se inclinó hacia él y le acarició el vientre.

 Cuando José se aproximó a ellos, Finod gruñó por última vez, pero

la dulce mano de la madre de Dios lo calmó enseguida.

 “¡Mira como ha tirado de la cadena este tontuelo!” Su cuello está

todo herido. María tocó nuevamente sus heridas, Finod no se quejó y

hubiera querido quedarse toda la noche a los pies de María. Pero su

lugar no estaba en el establo, lo sabía muy bien. Entonces se acostó

afuera contra la puerta. Su corazón latía fuerte de alegría; ¡Qué gran

responsabilidad tenía! ¿No iba a proteger esa noche a la madre de

 Tempranito por la mañana, el pastor vino a ocuparse de sus

ovejas. De lejos fue testigo de un cuadro sorprendente. La puerta

del establo se abrió, un hombre y una mujer salieron de allí seguidos

de un burrito. Finod, el famoso perro guardián, salió a su encuentro

moviendo la cola y lamió las manos de la mujer. En el interior del

establo las ovejas balaban, como lo hacía solo cuando se acercaba

una persona conocida y querida. El pastor observó la escena como en

un sueño. Cuando volvió en sí, María y José habían desaparecido. El

pastor se dirigió a su perro:

“Y Finod, ¿quiénes eran tus huéspedes? “

 Si hubiese entendido el lenguaje de los perros, Finod le hubiera

revelado seguramente lo que había pasado esa noche en el establo.

Cuando el pastor se inclinó hacia el perro, vio que las heridas de su

cuello habían sanado durante la noche. Y se quedó más sorprendido todavia.

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